Aprender a comer

En agosto, durante el paseo familiar en Europa, leí por primera vez una novela de Ernest Hemingway que después se convirtieron en dos, pero en fin. Además de sorprenderme por su increíble forma de narrar, me llamó mucho la atención un concepto que él maneja a lo largo de toda su suerte de autobiografía en “París era una fiesta”. A lo largo de todo el libro, habla de cómo sentía un hambre que se tomaba su cuerpo y obviamente no saciaba el pan francés. Necesitaba leer y escribir. Por eso se alejaba un poco de todo el mundo, para encontrarse en cafés o bares donde podía escribir y sólo dejar que la imaginación fluya. Hemingway utilizaba un lápiz amarillo y una libreta, los cuales son iconos tanto de los periodistas como de los escritores. Y obvio, muchos quisiéramos llegar a ser tan impresionantes como él, entonces a veces le copiamos (a pesar de que no siempre sea de manera consciente).

Me sentí muy identificada con las palabras de Hemingway, porque por lo general yo también siento ese vacío dentro de mí que no se llena con aparentemente nada. Hasta hoy, en que creo que entendí algo más.

Este año empecé con Alice Munro. “Dear Life” me hizo viajar por pueblos remotos de Canadá, con personajes tan normales como los que encuentro a diario, sólo que descritos con una genialidad propia de una premio Nobel; seguí con J.D Salinger, de quien había oído tanto que quería conocer por medio de uno de una de las obras más importantes de la literatura contemporánea: “The Catcher in the Rye”. Todas las expectativas se cumplieron y entendí finalmente cómo es un narrador: alguien capaz de contar una historia, pero sobrepasar los límites y así darle real vida a los personajes y a los escenarios; después del gigante de Salinger, leí “Novecento” como recomendación de mi amigo tuitero @scrooge. Éste es un monólogo teatral que cuenta la historia de Danny Boodman T.D. Lemon Novecento. En pocas páginas, Baricco es capaz de marear al lector con el movimiento del barco del cual el pianista nunca bajó. El lugar donde leí esta obra es aún más especial: tuve que estar en mesa durante las elecciones municipales de este año. Entre Barrera y Rodas, yo tenía las dudas del grandísimo pianista que tocaba mientras una tormenta amenazaba con hundir el barco; llegaron las vacaciones de Carnaval, y como me iba a la playa escogí un libro que me durara los cuatro días de estadía pero que no sea tan ligero como para que no logre engancharme. No pude haber escogido mejor: “Los Detectives Salvajes” de Roberto Bolaño. El chileno con alma mexicana me llevó a otro nivel, a un estado de genialidad que nunca había encontrado. Durante el camino de ida, alrededor de cuatro horas, leí más de 150 páginas embebida en la historia que contaba García Madero. Mientras mis amigas cantaban a todo volumen canciones, yo leía sin preocuparme por nada más que por los salvajes, que sin darme mucha cuenta me demostraron una lado de la vida que no había conocido; después de este libro es difícil cogerle el ritmo a otro. Sin embargo, la Kiki me regaló el que ella había terminado. Rosa Montero con “La ridícula idea de no volver a verte” me llevó de la mano por la vida de Marie Curie y en un fin de semana pasé a pensar en la muerte y lo que ésta significa; me gusta escribir mi nombre y el mes en que leí el libro, una vez que lo termine. Murakami está escrito con mi letra en abril. En una semana “Los años de peregrinación del chico sin color”, me llevó a una ciudad absolutamente desconocida y a enamorarme de Tokio y de Japón. 

Entendí, entonces, que esa hambre desquiciada que sentía venía por mi necesidad innata por leer, por conocer nuevas historias e inmiscuirme en la vida de los demás. Además los personajes de un libro tienen mayor cercanía, porque yo los imagino. El autor describe, pero soy yo quien los descubre.

Por eso, para mí, aprender a comer es sinónimo de leer. De dejarme llevar por la voz narrativa de otros, para así encontrarme a mí misma entre los demás. Es un hechizo, que sólo se cura jugando con él.

Analojienlamadrugada
Faltan: Dear Life de Alice Munro. Novecento de Alessandro Baricco. The Catcher in the Rye de J.D Salinger.
Anuncios

Un comentario sobre “Aprender a comer

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s