Dos huecos en una nariz

El señor que nos atendía se parecía mucho a Wolverine. No por lo guapo, sino por el corte de pelo. Esa fue la primera característica que me llamó la atención de él, que no dejó de sorprenderme a lo largo de todo el tiempo y las varias veces que fui a Karla Studio.

Cuando entramos al local, que tenía todas las estanterías llenas de “joyas” que los clientes escogen para decorar su cuerpo, pensé que había algo ahí que me había llamado desde el momento en que pasamos con el carro. Le dije a la Majo que siempre había querido tener un arete en la nariz, pero nunca lo había hecho por algunas razones. La primera, por supuesto, porque tenía miedo de la reacción de mis papás y segundo, tengo el umbral del dolor muy alto y me quejo muy fácilmente. Ella enseguida me contestó que debía tomar una decisión y qué mejor si lo hacía ese día: una tarde de viernes cualquiera en que me pidió que le acompañe al centro comercial El Espiral para comprar esencias para la pipa de agua. Estábamos ahí, lo único que necesitaba era tomar la decisión por mí misma y lanzarme a hacerlo.

Después de recorrer varios locales, probándonos diferentes atuendos entre metaleros y rockeros, comprar las esencias y los carbones, le dije “vamos a ver cuánto cuesta”. Teníamos que cruzar una calle para llegar al estudio. Mi corazón latía bastante rápido ante la posibilidad de hacer algo que quería desde hace tiempo.

Entramos y nos encontramos con el señor que parecía Wolverine y él se encargó de mostrarme los diferentes piercings que había. Tenía que escoger entre el que costaba seis, ocho y diez dólares. En un acto de libertad repentina tomé dos aretes de plata. “Esterilíceles a estos dos”, le dije mientras le decía a la Majo que si me hacía, ella también. No le quedó más que aceptar, entonces Wolverine llevó las “joyas” adentro, a la cabina donde nos perforarían.

Nos sentamos en una silla larga, donde nos tomamos fotos y nos reíamos como tontas por los nervios. “Mis papás me van a matar”, “los míos también”JA JA JA JA… Y así. Junto a nosotras estaban adolescentes desde los quince años que llegaban al estudio por un acto de rebeldía, tan parecido al mío pero yo no quería ir en contra de nada en especial. Unos se perforaban la lengua, otros le agregaban un arete más a alguna oreja… Los más grandes, con la cédula en las manos, esperaban su turno para que les tatúen.

Salimos las dos medias llorosas. Nos dolió un poco, pero sobretodo estábamos un poco aterradas con la decisión que habíamos tomado. Nos tomamos fotos. Bajamos a Cumbayá felices y todavía nerviosas. Después de almuerzo volvimos a subir porque la Sofi también quería hacerse un hueco. 

El sábado el Esteban vino conmigo. La noche anterior, mientras lo lavaba, el piercing se salió. Mi papá me dijo que mejor lo deje así, pero yo no podía dar un paso atrás. Así que me sometí otra vez a las manos de una mujer que perfora diariamente y está acostumbrada a las lágrimas de las novatas como yo. “Muñeca vamos a tener que hacerle otro hueco, porque el de la derecha ya se le cerró”, me dijo. Por segundo día consecutivo salí de Karla Studio, ahora con dos huecos en una nariz.

No es un acto de rebeldía, ni de inmadurez. Pero sí de aventura.

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