Es como sentarse sobre un escritorio cómodo y confortable

“Tienen 5 minutos”, dice una voz a lo lejos. Los organizadores tratan de solucionar los últimos detalles y los músicos se preparan para salir. Por su lado, el baterista necesita estirar los brazos y las piernas. Respira. Eso le tranquiliza. Procura llenarse de calma y luchar contra los nervios, porque sabe que frente a la batería todo cobra sentido. El rompecabezas está listo, el concierto puede comenzar.

Antes de subir al escenario, Raúl Molina concentra las energías junto a  la expectativa de sentir la reacción positiva de la gente que está presente. Tiene los ojos negros como los rulos de su cabello. Las manos, como las de cualquier músico, son casi tan importantes como el sonido que siente dentro del corazón. Ese sonido que se reproduce en la mente, en forma de letras musicales. En cada lugar el público es diferente. En un espacio chico, Raúl está pendiente de qué es lo que sucede allá, fuera del escenario. Mira a la chica que está peleando con su novio. O a los borrachos de más allá que arman relajo… Pero hoy no. Esta tarde forma parte de la banda que acompaña al hip-hopero Guanaco MC.

Viernes 06 de diciembre. La tarde pasa tranquila en el Parque Bicentenario de Quito. En el pavimento están instalados pequeños negocios de comida, ventas de productos para el hogar y más. El ambiente tiene un tono festivo, como queriendo seguir con lo que empezó ayer.

Este año el Parque Bicentenario fue el escenario de varias ferias musicales. Cerca de 10.000 asistentes presencian la presentación de diversas bandas naciones e internacionales. Su presencia en el antiguo aeropuerto de la ciudad, busca amenizar las Fiestas de Quito 2013.

Guanaco+BANDA abren el concierto del segundo día de la Feria Bicentenario. El sol ya cayó y el viento cambia el ánimo de los presentes. Cada vez llega más gente. Dentro del escenario hay mucho movimiento. Los instrumentos van de lado a lado, hay juego de luces, y el típico sonidista que repite frases que prueban los micrófonos y el audio en general. El público empieza a impacientarse. Hace frío y el concierto no comienza. Minutos después de las18h00, dos presentadores salen al escenario. Hablan -bastante- y cuentan del trabajo que ejecuta la alcaldía. Sobresalen los actos positivos. El “¡que viva Quito!” se repite cada vez con menos eco.

Finalmente Raúl y la banda están en escena. El baterista lleva una chompa de colores. Usa audífonos y unas gafas café. Mira al público, se sienta. Al igual que todos los conciertos, espera entender la reacción de la gente. Vuelve a respirar y se concentra. La música empieza a sonar.

Hace 5 minutos, repitió para sí mismo que la labor del músico es actuar por reflejo. Dejarse llevar, dejarse conducir. Raúl sabe que no él no está solo, funciona como un intermediario. ¿De quién? Puede ser un dios o como se lo quiera denominar, pero es alguien o algo que te da eso que te ayuda a crear; antes pensaba que cuando seguía sus instintos entraba en una suerte de trance. Mientras tocaba, veía como sus manos se movían y no pensaba en nada pero veía como sus brazos se movían y todo era como un reflejo… Cuando entró a una clase de historia del arte entendió todo. “Esto es, claro”, se dijo a sí mismo. Es el entusiasmos del que hablaba Sócrates y que escribió Platón.

“Sócrates pensaba que los poderes venían de Apolo y el artista no es más que un intermediario de un dios. Los poderes divinos pasan a través de él y llegan a los artistas… el poder no está en la técnica del individuo, sino en el conocimiento que viene de dios.” Así lo explica el profesor de filosofía Jorge Luis Gómez. Ellos, los artistas, están entusiasmados. “Lo que significa que el dios los posee y les quita la capacidad de relación consigo mismo. En una palabra: enloquecen.”

No solo enloquecen los artistas, también lo hace el público. Ese poder de, digamos, seducción que el dios traslada a la musa, la musa enloquece al artista que hace lo propio con los espectadores.

El entusiasmos no es coincidencia en la vida de Raúl. Mucho antes de conocer el término que aprendió en la clase de Gómez, se hizo un tatuaje en la pierna izquierda. El triángulo tiene varios significados, todos con un simbolismo especial. Cuando era pequeño sus papás le decían que lo suyo es talento y que debía agradecerle la bendición al Dios cristiano en el que ellos creían. Uno de esas representaciones, aparte de ser la Trinidad, es la de catalizador: como una piedra magnética que hace delirar al público cuando el baterista marca el ritmo. Así explica por qué actúa por reflejo, cuando algo le posee. Y como Raúl toca jazz, que es inspiración a tiempo real, entonces la idea de crear por reflejo adquirió todo el sentido del mundo.

Sus manos siguen moviéndose. Regresa a mirar al público. Logra conectarse con ellos por medio de la reacción que encuentra en sus rostros, en los movimientos que hacen al dejarse llevar con la música. Intenta sincerarse en lo que hace. Para él, solo así un músico logra sentir esa relación especial que nace y se mantiene sólo durante el concierto. Después o desaparece o simplemente pierde el protagonismo. Conectarse es, entonces, lograr que los demás perciban lo que siente mientras toca.

En los escenarios chicos está muy atento. Si busca reacciones, enseguida encuentra historias en el público. Junto a los sentimientos y las emociones, lo físico le permite crear un primer contacto. Muchas veces se ha enamorado de una chica que está allá, entre los demás. Tiene algo especial que le llama la atención. Mientras toca, la ve y se imagina cómo es. Inventa sus características y la idealiza. Y nada, se enamora.

Uno de los grandes inspiradores de Raúl es el escritor chileno Alejandro Jodorowsky. El escritor dice que “el amor es desaparecer y encontrar tu alma en el otro”. Si el amor es un encuentro, él lo siente cada vez que desde la batería se enfrenta a un público especial. No es siempre, no es con todas. Es algo que le dio curiosidad, quizás los ojos o toda ella; a veces baja del escenario y conversa. Después escribe, ya sean melodías o poemas.

La primera canción del disco de Jazz the Roots se llama La Desconocida. Raúl es el baterista de la banda de jazz y reggae. La letra del tema está inspirada en una chica que a pesar de ser tan cercana a su medio, pudo entablar una conversación después de mucho tiempo. Las cosas no se dieron como él esperaba. Cada decepción significa más trabajo creativo, tal vez ésa sea la única razón de su existencia. Este tipo de situaciones son fuente de inspiración para escribir o componer: la melancolía del desencuentro amoroso.

La música es un todo que se concreta sobre un escenario. Éste es el lugar más gratificante para cualquier músico. El baterista sigue con las gafas puestas, pero está claro que cerró los ojos. No los ha abierto desde hace mucho rato. Parece que intenta concentrarse… Algo pasa. La buena comunicación, que es tan importante entre los miembros de la banda, parece que podría llegar a romperse. Los monitores no están ordenados. Raúl dice que el tipo encargado del monitoreo no sabía qué era lo que estaba haciendo. La prueba de sonido no sirve de nada, si todo cambia cuando ya están tocando. Hay muchas cosas que no se ven desde abajo. Es labor de los músicos lograr que esa tensión no dañe el desarrollo del concierto. Si lo hace, quienes pierden son ellos. El público se acordará de la banda, no de los organizadores.

Entonces toda los pensamientos transformaron la experiencia. Durante toda la presentación pensó en la gente, pero también en la organización del evento. Quería concentrarse más, intentar disfrutar más pero en el escenario crecía la tensión. Después de una canción, el pianista le gritó algo al del monitoreo. Los presentes pretendieron hacer como si nada pasó y siguieron coreando junto a Guanaco. La sensación que provenía del escenario, por suerte, no cambió el rumbo del concierto.

“Siembra para cosechar, cuando el tiempo es bueno. La vida se nos va, disfruta el momento”… Con las manos en el aire, el público seguía el ritmo de Guanaco y la banda. Guanaco jugaba con los presentes, hacía repetir varias veces una frase y cantaba con ellos. El ambiente estaba festivo. Era de noche ya. Las luces iluminaban la cara de los asistentes. Cuando esa conexión que se crea entre el artista y el público, no existe monitoreo que la quiebre.

“En la batería, representando al Guayas, Raúl Molina”, dice Guanaco. Empieza un solo que sigue cerca de un minuto. ¿En qué piensa el baterista? Dice que sentarse ahí es como hacerlo sobre un escritorio, uno cómodo y confortable. Él es el encargado de dar el ritmo. Su trabajo se mezcla con el de los demás músicos. Él no está del todo consciente. El concierto ha sido especial. Otro día entenderá la magnitud de lo sucedido. Después del malestar, verá su reflejo en una grabación y sonreirá. Sabe que todo tiene sentido cuando se sienta frente a la batería.

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