Todavía falta

Cuando llegué, empecé a caminar suave. Di varios pasos, traté de controlar mi respiración y mis sentimientos. Pero las lágrimas caían solas. Me repetía a mí misma que debía tranquilizarme porque estaba en la meta, lo había logrado. A medias. O, al menos, no como esperaba. Estaba cansada, me pesaban mucho las piernas. Tenía frío porque las dos camisetas que me puse estaban empapadas. Apagué la linterna y me apoyé en una valla promocional. Sabía que tenía que estirarme… Pero las lágrimas seguían cayendo, sin dejarme pensar bien.

Miraba a los lados, buscando al Esteban que sabía que me esperaba en la meta. Le encontré. Me abrazó, me dijo que se sentía orgulloso de mí porque llegué y ese era mi objetivo. No pude responderle ni bien ni rápido. Le repetí que estaba cansada y que tenía frío. Caminamos, me tomó de la mano y no entendía por qué no estaba contenta como en las otras carreras.

Nos encontramos con mis papás y mis ñaños. El Andrés llegó casi media hora antes que yo y ya estaba abrazando la cobija térmica que regalaban al terminar la carrera. Me trajo Gatorade de mandarina y me abrazó cuando se dio cuenta de que estaba llorando. Mi mamá entendió enseguida, “estás frustrada”. “Sí”. “¿Por qué?”, preguntó mi papá. No sabía cómo expresar todo lo que sentía.

Les dije que estaba muy cansada. Demasiado cansada. Mi papá me llevó a hacer la fila para tomarnos las fotos con la medalla. Esa medalla que me puso el Esteban en el cuello cuando me dijo que estaba orgulloso de mí.

En la cola me sentí mejor. El Andrés y yo contamos nuestras versiones de la carrera. Los dos caminamos después de la subida del cuarto kilómetro. Los dos tratamos de disfrutar el paisaje a pesar del frío. La mayoría del trayecto estaba rodeada de árboles. Me sentía en un sueño, donde la neblina no te permite definir dónde estás. Al principio me sorprendieron los sapos que cantaban al mismo ritmo en que corrían mis piernas, pero después no me gustó tanto que el agua cayera por la gorra como cascada… Puse atención a los otros corredores. Unos pasaban con música a pesar de no usar parlantes, otros gritaban frases de autoayuda que se reflejaban en los demás que también queríamos terminar la subida. Cuando faltaban tres kilómetros me di por vencida. Había pasado del tiempo que me había propuesto. Me había fallado. “Cada vez falta poco”, me repetí y volví a correr. El apoyo de la gente a los lados del camino me devolvió la fuerza. Último kilómetro. Y llegué.

Cada kilómetro lo repetía una y otra vez. No entendía por qué dejé que la mente me juegue una mala pasada. Mi cuerpo sí aguantaba…

Nos tomamos la foto. Sonreí. Le abracé al Andrés. Al final esta carrera era para él, como le dije antes de comenzar a correr. Se acabó, llegué y a pesar de las lágrimas por no haber terminado como esperaba, sé que todavía me falta mucho por trabajar. Física y mentalmente.

Todavía falta.

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