Una flat tire

Si no hubiese sido por mi hermano Martín, yo nunca me habría enterado que mi carro tenía una llanta baja. Por suerte el Huguito me acompañó y como siempre me salvó la vida, por qué yo sé tan poco de carros como él de Harry Potter.

Me lamenté toda la ida, que no fue larga porque la vulcanizadora es muy cerca de mi casa. Al llegar enseguida me fijé en el cartel, que en las noches se prende con luces de neón que dice que atienden las 24 horas. Eran las seis de la tarde, cada vez había menos luz, varios carros esperaban ser atendidos y a mí no se me ocurrió mejor idea que empezar a tomar fotos. Como una turista. Como una turista que está lista para empezar una nueva aventura (en palabras de mi hermano, una loser jaja).

Trajeron la máquina que levanta el auto para así sacar la llanta (perdóname de la Fuente por no ser precisa) y el señor la llevó para revisarla. Mi ñaño se bajó y me gritó “venga, para que aprenda”. Desde el auto, que quedó parqueado con solo tres llantas buenas, había que seguir un camino que se abría entre una montaña de ripio para llegar a donde parcharían mi llanta. Un clavo perdido en alguna vía por las que transito no encontró mejor lugar que esconderse entre las aberturas de mi llanta. Virgen ella, que nunca antes nada le había pasado a pesar de los huecos que se le cruzan en el camino.

Primero le metieron en la mitad de un barril azul medio lleno de agua. Le dieron algunas vueltas y  las burbujas delataron dónde estaba el hueco. El señor, con toda la paciencia del mundo casi y posaba para las fotos y el video que yo hacía. Desde aquí realmente no puedo explicar qué fue lo que pasó. No sé. El Huguito conversaba con el señor y a mí me tranquilizaba saber que entre ellos se entendían lo suficientemente bien como para dejar mi llanta lista para seguir su camino. Cuando me preguntaron si prefería el parche de seis o de diez dólares, tomando en cuenta que el más caro era “extranjero”, le pedí a mi hermano que escoja el que creyera que me serviría mejor. Puesto el parche, la llanta volvió a su lugar y se reunió con las otras tres que tan leales me han sido.

Mientras pasaban todas estas cosas que no soy capaz de explicar, un señor entraba y salía del local como si fuese el dueño. Dudo mucho que haya sido, tomando en cuenta que tenía una actitud demasiado exasperante, que la asocié más hacia el cliente desesperado por irse. Había un taxi parqueado cerca de mi carro, y al que también le hacía falta una llanta. Me imaginé que podía ser un taxista y justifiqué su estrés rápidamente. Con cada minuto perdía un posible cliente. Desde ese momento decidí sonreírle, ya entendía su sufrimiento.

Finalmente nos fuimos. Mi ñaño me tomó una foto en la que poso fuera del local. La puso en Facebook y mi amiga Emi me escribió a decir que parecía que fue tomada para el calendario de la vulcanizadora. Tal vez sí debería serlo, tomando en cuenta que pasé alrededor de una hora ahí preparando éste post como parte de mi festejo por los dos años de analojienlamadrugada.

Con dos años y las cuatro llantas de mi carro listas para seguir el viaje, yo quiero agradecer a todos los que siguen la sarta de tonteras que escribo. Total, este blog no es más que eso: que yo le disfrute y si en el camino hay alguien que quiere hacerlo conmigo, el objetivo se cumple todos los días. Por eso gracias y, ¡felices dos años analojienlamadrugada!

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2 comentarios sobre “Una flat tire

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