Prohibido

El Esteban me encontró en el banco a punto de llorar e insultando al mundo. Contra el sistema… El municipio… Las reglas en sí. Después de que me descargué contándole lo que había pasado, mientras le veía con furia al policía que estaba sentado en su moto más allá. Con lágrimas le decía lo frustrada que estaba y cuánto odiaba todo -entiéndase al insulto como adjetivo calificativo-. El Esteban, que es una persona increíblemente tranquila, lo único que hacía era intentar calmar a esa mujer loca que de la nada estaba furiosa por algo que no llegaba a entender. Para cuando ya entramos al banco, me abrazó y me dijo que me calme. “Pero Ana Mari, explícame tranquila qué pasó”; a pesar de mis intentos, para él no tenía sentido que yo me haya alterado de esa manera solo porque me multaron. Lo veía tan sencillo como pagar lo que debía, quitar ese sticker de la ventana con gasolina y ya. El fondo, mi lloro realmente era que el sueldo de periodista que voy a recibir a final de mes, se va a ir en una maldita multa por no haber parqueado donde y cómo debía. 

 

Lloraba también porque me molesta hacer cosas que después me lleven a problemas. Odio quebrantar la ley porque es un juego de poder, donde por supuesto pierdo yo por equivocarme. Me repetía una y otra vez, “yo sabía que no tenía que parquear aquí, yo sabia… Yo sabía que no tenía que…”. Además claro que pocas veces me ha dado más vergüenza andar en un carro con un sticker gigantesco de PROHIBIDO. No sé si haya algo peor que te tachen de incorrecta y encima todo el mundo pueda ver el nuevo estado.

 

A lo largo de la tarde, le acompañaba al Esteban al “doctor de ojos”. Me reía de la cara de aparente interés que ponía cuando el doctor le explicaba lo que era el astigmatismo. Como le debo plata, quedamos en que le iba a pagar con una pelota de fútbol Mikasa… Me tranquilicé. De a poco iba asimilando lo que significaba una multa, una real infracción. 

 

Llegué a mi casa y lo primero que hice fue intentar despegar el sticker de la ventana del copiloto. Un vecino extranjero pasó y me recomendó que use “kerrrosen, diesssssel”. Pero, ¿de dónde iba a conseguir gasolina?

 

Como me quedé tanto tiempo afuera sin timbrar, mi hermano salió a preguntar qué pasaba. Rápido le dije que se vaya. Desde la ventana del cuarto del Martín, mis tres hermanos me quedaban viendo para intentar descifrar en qué me hallaba que no les dejaba acercarse. Los gemelos salieron por el techo y saltaron a la calle. El Hugo José, que es más civilizado, salió por la puerta y cuando vio empezó a quejarse de que mi actitud ya era el colmo (entiéndase también que es abogado). Los gemes prefirieron reírse y el Andrés me tomó fotos. El problema se trasladó entonces hacia lo que le iba a decir a mi papá.

 

Por teléfono mi papá prefirió ahorrase los comentarios, pero ya en la casa me dijo lo que yo ya sabía: tenía que pagar mi irresponsabilidad con mi plata. Nada que hacer ante eso. 

 

Mientras intentaba sacar el sticker -que por supuesto no saqué bien-, pensaba que a pesar de mi desastre, siempre hay algo que contar. Entre los lloros de la mañana y las risas de la tarde, ahora que termino de contar lo que me pasó, ya no me parece tan terrible. Es cierto que mis dos primeros sueldos van a parar en el Municipio, pero de todo se saca una conclusión. Tal vez así soy yo en todo, llena de errores. Hay principios básicos que por más que se intente dominar, de una u otra manera salen a flote. Creo que es hora de aceptar que soy una persona perfectamente ridícula. Y creo que no hay nada mejor que aprender a reírse de los errores.

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2 comentarios sobre “Prohibido

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