Hambre

¿Comienzo con un cliché? Bueno la verdad estoy con ganas… Dicen que en el mar la vida es más sabrosa, pero la verdad es en una biblioteca.

Hablando de bibliotecas, la de mi universidad huele a pan. En el mismo edificio se encuentran las cocinas donde la gente de gastronomía “estudia” a su manera. Días como hoy, en que no he podido almorzar por la secuencia de clases, llegar a la biblioteca y encontrarme con ese olor es una reproducción real de lo que trata Muriel Barbery en su libro “La elegancia del erizo”. Renée, la portera, dice que ella siempre tiene hambre. “Puesto que mi hambre no podía saciarse con el juego de interacciones sociales inconcebibles para mi condición […], se saciaría con los libros” (página 43). Después acepta, “[…] como todos los autodidactas, nunca estoy segura de lo que he comprendido de mis lecturas […] y, por mucho que lea y relea las mismas líneas, las comprendo cada vez un poco menos, y me veo a mí misma como una vieja chalada que piensa tener el estómago lleno sólo por haber leído con atención el menú” ( página 52).

Será porque hoy no alcancé a almorzar entre clase y clase, o que simplemente quiero hacer una suerte de analogía entre mi realidad y la paralela -aka el libro que estoy leyendo-. Cada lugar tiene un olor y éste se queda en mi memoria. Esta biblioteca siempre olerá a pan, sin importar qué tanto pase el tiempo; me acuerdo en mi primer semestre que me quedaba hasta las 9 que cierran con mi amiga Kiki. Juntas “estudiábamos” qué era la ley y cómo debíamos proceder nosotras, las futuras abogadas. El estudio generalmente terminaba cuando cantábamos a coro y con el corazón a mil, soñando en el día en que alguien podría dedicarnos las estrellas y todas esas otras cosas que las canciones de pop prometen; hoy me siento en una de las mesas con mis cuadernos en la maleta y mi computadora prendida. Han pasado dos años. Casi todo ha cambiado. La Kiki sigue siendo mi mejor amiga pero yo ya no formo parte de ese “nosotras”. Veo para adelante y agradezco la poca gente que hay aquí. A estas horas sí se puede pensar.

Como Renée yo tengo muchísima hambre. Me identifico con ella en especial cuando admite que por mucho que lea no siempre está segura de si entendió del todo. En una biblioteca realmente no importa porque para eso están los libros. Con el estómago vacío y los ojos cansados termino de escribir esta entrada. Una vez más, recomendando el libro. Tengo en mi casa la película, cuando termine de leer y la vea, pongo el trailer para todos aquellos a los que no les gusta leer.

*Link de una crítica literaria al libro: Fragmentos literarios: “La elegancia del erizo”, Muriel Barbery.

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