“(…) y, ¿no será que también tienes por ahí una camarita?”

Cuando mi mamá regresó del supermercado Publix, le entregó a mi abuela una funda. Le dijo que le había traído un regalo. Media dormida le pregunté, “y ¿no será que también tiene por ahí una camarita?”; durante la semana y media que he pasado con mi familia en Estados Unidos, mantenía mi invicto en orden y en saber exactamente dónde se encontraban mis cosas. Contra todo pronóstico determinado por mis papás, no había perdido nada.

Hasta hoy. 

A lo largo de todo el día yo estuve muy contenta entre el libro que leo cada que puedo (“The girl with the dragon tattoo” de Stieg Larsson, totalmente recomendado), la música country que se ha convertido en el nuevo género musical favorito de mi hermano Hugo, los chistes de los gemelos, el cariño de mis papás y la alegría de mi abuela.

Todo estaba perfecto hasta que mi mamá decidió tomarme una foto en una tienda que se llama Papaya. Mi hermano Andrés me dice así, por lo que decidí ‘posar’. Desde ese momento, no tengo ni la más mínima idea de qué fue lo que pasó con la cámara de mi hermano Hugo José, pero lo cierto es que desapareció. La situación es terrible para mí por varias razones: mi hermano es una persona muy cuidadosa, por lo que siempre está muy pendiente de sus cosas. Que yo haya perdido su cámara de fotos le genera una molestia, además de que me tiene media prohibida de coger sus cosas (exactamente por esta razón). Además se pierden muchas fotos familiares del viaje, lo que indudablemente es algo malo. Y bueno, personalmente significa un bajón, y yo que estaba tan sobrada de que ya había cambiado para bien. 

Volvimos al mall después de que caí en cuenta de mi error pero eran ya casi las nueve de la noche y por supuesto estaban cerrando. Recorrimos todos los lugares por los que yo anduve, haciendo recuento de cada movimiento de acuerdo a qué se acordaba cada quien del momento en que me vieron ir a tal o cual lugar. En una tienda un chico nos enseñó una memory card (la tarjeta de almacenamiento) que alguien había olvidado en la tienda. Al prenderla en otra cámara la primera foto era de una mujer desconocida. De a poco las esperanzas de mi hermano iban disminuyendo, lo contrario con mi ansiedad. Un guardia nos dijo que podemos volver a buscar mañana en el lost and found, que quizás alguien fue lo suficientemente honrado como para devolver el aparato.  

Realmente espero que mañana aparezca la cámarita de mi hermano. Mi mamá me dijo que le ofrezca trece centavos a San Josesito. Al parecer no solo ayuda a encontrar un puestito, sino también a encontrar eso que perdí, al mismo tiempo que mi invicto.  

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