Notas para mí

El martes 14 de agosto escribí lo siguiente en el parque temático de Busch Gardens, en Tampa (Estados Unidos).

Estoy en el baño de un dinning/theater. Tengo que quedarme un buen rato aquí porque quiero cargar la batería de mi cámara. Mi espalda contra la pared, a lado de la puerta de salida, frente a un espejo y cerca del basurero. Me aterra la idea de que llegue la señora de limpieza a decirme que no puedo hacer esto. En este país, el de la libertad por cierto, a veces parecería que hay más limitaciones que en Ecuador. La diferencia es que aquí para todo utilizan el please o por favor. Empiezan con no para finalizar con el please, de esa manera parecería que dejan a cada quien total libertad, pero siempre que no se haga lo que está prohibido (aun así sea de manera ‘amable’, es una interdicción). De lo que me acuerdo de haber estudiado en leyes en la universidad, mucho de la lógica se valía de esta misma afirmación: hacer todo lo que la ley no prohibe. Entonces, hay de cierta manera más libertad, pero dentro de límites específicos que en principio parecen no existir. En otras palabras, alguien más ya se encargó de delimitar hasta dónde o cuándo existe la libertad. En el país del freedom, la libertad no es otra cosa que un principio jurídico. 

Afuera ya empezó el show. Un grupo de artistas seguramente estará entonando alguna canción pegajosa de pop que ‘encienda’ al público, para lograr así toda su atención. Esa es la base de su presentación: darse totalmente al público para que este a su vez interactúe. No duran más de treinta minutos, aproximadamente el tiempo que una persona puede enfocarse en una sola cosa sin aburrirse. 

¿La verdad? Por ahora prefiero quedarme en el baño, con el frío del aire acondicionado y oyendo con audífonos a Charly García y al favorito del Esteban, el ‘flaco’ Spinetta con su dúo en “rezo por vos”. De cierta forma yo estoy aquí rezando a mí manera por mí y también por el Esteban, si es él quien me ha mostrado un mundo donde me gusta vivir. No se determina por el romance… Diría, más bien, que es un amor que crece gracias a situaciones tan geniales y en principio poco comunes como estar escuchando “al otro lado del camino” de Fito Páez, mientras descanso y me enfrío con la pared de un baño. Él me ha enseñado a apreciar esos pequeños detalles; esta última canción es bastante melancólica. El recuento de la vida del cantante, quien se ha convertido en ídolo de muchos argentinos. Cuenta detalles de su vida y acepta que “(…) no he venido a entretener a tú familia”, todo lo contrario a lo que pasa al otro lado de la puerta del baño.

Creí, por unos momentos, que afuera el público estaba disfrutando el show porque me pareció oír algo así como ovaciones. Después, cuando terminó mi canción y quedaron pocos segundos hasta que empiece la otra (parte del soundtrack de la película “la vida de los peces”, si a alguien interesa), me di cuenta que era el sonido del escusado al botar el agua. Así pasa en este país: una cosa pasa por otra y a veces tiendo a confundirme.

En este mundo lleno de obsesiones, por suerte sí hay un momento y un lugar para todo. Por ejemplo, hay como esconderse en el baño un rato, por la simple razón que en todo lado hay uno. La gente no se habla, prefiere mirarse al espejo y lavarse las manos -cada quien entienda como bien quiera esta última frase-. Yo vuelvo al show para abrazar a mis papás. 

Más tarde, dentro del mismo parque. Frente al área designada por la administración como lugar permitido para fumar. 

Entonces así es como a veces se ve la adolescencia: como ese trío al frente mío: fumando, como si no pasara el tiempo y el sol no les diera calor. A ellos no, a pesar de que los demás prefieren la sombra. Con camisetas cortas, mostrando los aretes y tatuajes en distintos lugares del cuerpo… Ponerle una poker face o algo así como cara de desinterés a la vida. El tiempo parecería estancado. Como si ser “teenager”  no fuera suficiente, quizás también hace falta determinar una actitud. Y hay casos en que prefieren la rebeldía: aún siendo menores de edad sacan la cajetilla pagada con plata de sus papás, lo que para ellos significa un acto absoluto de libertad. Aún así sea en la parte designada por la sociedad como el lugar donde se puede fumar. 

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