Los vecinos fantasmas

Para comenzar esta entrada, quiero contar que tengo de fondo la música de Fito Paez. Estoy sentada en el suelo y la computadora sobre una mesita en frente de la televisión. Alrededor mío hay libros de francés, los zapatos de la Isa que me cogí y casi todo es de ella. A mi derecha, la cartera donde están mis libros y lo que en su momento fue mi estudio de francés.

Después de que terminamos de almorzar, la Isa se fue a su trabajo. Me quedé en su casa, donde digamos que mi estado actual es de residente/visitante/invitada, tenía que estudiar para el “importantísimo” examen de mañana. Mientras intentaba acomodarme en sus sillones, vi por la ventana y me pareció una idea excelente ir a la terraza del techo.

El otro día la Isa me dijo que ella creía que vivía en un edificio desierto. Se explicó, “(…) es que Anamari verás, cuando llegas en la noche, los únicos pisos con luz son el nuestro y bueno algún otro”. Además de eso, me contó después que le encantaba no conocer a ninguno de sus ‘condóminos’ para así salvarse de cualquier encuentro incómodo. A pesar de que tiene una actitud bastante indiferente, la otra noche que veíamos una película chilena con ella y el Esteban, me pedía cada cierto tiempo que bajara el volumen para cuidar de no molestar a los vecinos. ¿A cuáles? Quién sabe, porque ni ella ni yo.

Le pedí al guardia que me abra las puertas del último piso y no caí en cuenta que éstas eran de metal. Cuando ya llegué, me quede muy contenta tanto con la vista como con el sol. Arreglé mi cámara y empecé. Bastó con una sola vuelta para sentirme una intrusa. Había un gran cartel que prevenía: “Prohibido el paso, propiedad privada”. A esa altura, completamente a solas decidí ignorar a medias y sentarme en el lado que al parecer no formaba parte de lo regulado. Entonces, una esquinita se convirtió en mi escritorio y el viento se encargó de desordenarlo todo antes de que fuera yo la culpable.

En todo caso, hoy tuve el grave problema de lidiar con las ‘malditas’ puertas de metal que con el viento solo se ‘estampaban’ contra sus marcos. Era un estruendo bastante fuerte, por lo que me tuve que levantar varias veces para tratar de controlar esta situación. Claro que me preocupé por los vecinos fantasmas. Me imaginaba, por ejemplo, que en el piso de abajo un señor mayor (abuelito) estaba intentado dormir y a pesar de las pastillas que tomaba, no lograba conciliar el sueño básicamente por mi culpa; estuve allí por más o menos tres horas y nadie vino a quejarse, así que asumí que no pasaba nada; intenté hacer todo lo que mi creatividad me permitió: encontré una escoba -en la parte prohibida- y la utilicé como palanca para que no se cierre la puerta de arriba. Pero como había ventanas, la otra de entrada seguía haciendo ruido. A pesar de mis intentos por aminorar el problema, nada de lo que hacía era suficiente. Seguramente cualquier otra persona hubiese encontrado una solución real y  mucho más inteligente por supuesto, pero mi deficiencia motriz no lograró nada más que escándalo.

Cuando volví donde el guardia para decirle que ya me iba y que había dejado todo cerrado, él me respondió que la señora del ‘7’ había bajado a preguntar qué pasaba. Un poco asustada, tomando en cuenta que no es ni mi casa como para responsabilizarme, le pedí que cualquier cosa me avise.

En fin, mi estudio en la terraza fue excelente. Hay lugares que en principio no parecen relevantes, pero es su misma soledad las que les da importancia. Estaba el norte de Quito alrededor mío, o yo en medio de él no sé. Los carros pasaban por el camino de piedras, subían y bajaban. El edificio siempre quieto mientras el sol determinaba las sombras. Ahí arriba de todo me di cuenta de que la vida pasa tan rápido que hay veces que a pesar de los ruidos insoportables, vale la pena perderse en el paisaje.

 







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