Dormido en mi cama

Aún no tiene un nombre verdadero, tanto así que por un largo tiempo pensamos que era gata. Necesitamos que el veterinario anote en su libreta, raza: mestiza; color: gris; sexo: macho. Nos sugirió que le compremos un collar con cascabeles para que así no pueda acercarse a los pájaros. Ahora cada vez que anda por la casa sabemos dónde está, aunque no se deje atrapar porque es mucho más rápido.

El Esteban me dijo que le ponga Sánchez, mi mamá decidió bautizarlo como Tito y la señora que trabaja en la casa le dice Gato Garabato. Para mí es Gordo.

Nunca antes tuve una mascota que fuera tan cercana, tanto así que le permitiese acostarse conmigo en la cama. Pero ahora entiendo por qué a nosotros los humanos nos gusta tener a un animal tan cercano: no hablan por lo tanto no se quejan más que con, en este caso, maullidos que después de darle su comida terminan. No discriminan, si la persona le da amor le devuelven lo mismo. Es una forma extraña de querer. Se convierte en una prioridad cuidarlos, para que así estén contentos. En fin, tener una mascota ayuda a salirse de uno mismo, para velar por la vida de otro ser que va mucho más allá de los típicos dramas humanos.

Le pongo apodos, le abrazo, le enervo porque juego con sus bigotes… Pero igual ronronea, lo que quiere decir que está feliz. Ahora está acostado en mis cobijas, es parte de mi desordenado cuarto, de mi vida desordenada.

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