De visita

Es rara la relación que actualmente se tiene con los antepasados. Antes, según me ha contado mi abuela y de lo he oído quejarse a los mayores, todo era diferente, hasta el modo de venerar a los muertos. La memoria forma parte del presente, eso es cierto, pero no siempre el presente atiende a esa misma memoria.

La Boli, mi bisabuela -mamá de mi abuela-, era una señora a quien le gustaba prender el radio a las seis de la mañana todos los días para así levantarse literalmente con Dios porque siempre sintonizaba la misma emisora católica. Disfrutaba leyendo en francés y, en las palabras de mi mamá, su pelo blanco era el más hermoso del mundo. Ah también le gustaba tejer y se pasaba horas sentada, meciéndose en la sala de la casa; ella, murió el mismo año en que mis papás se casaron, o sea en 1987. A los veinticinco años de su partida con mi mamá y mi abuela fuimos a ‘visitarla’, a su pequeño nicho en la Iglesia de Santo Domingo en el centro de Quito.

Después de oír misa, nos acercamos al santuario de la derecha, donde hay un altar decorado con pan de oro que brilla con el sol que entra por el techo. La puerta roja de madera tenía un candado, por lo que nos quedamos un rato afuera solo admirando los detalles. Mi mamá me contó que entrando por ahí, otra vez a la derecha, se llegaba a la cripta donde está ‘enterrada’ la Boli. La abuela, entonces, se empecinó con que quería entrar. Tuvimos la suerte de que el velador se encontraba por ahí y después de que prometimos solo permanecer poco tiempo, nos permitió entrar.

La condición que nos dio el señor con las llaves fue clara: “(…) estamos por cerrar. Si se demoran se quedan adentro y yo no me responsabilizo”. Desde ese momento me entró un terror ya conocido, pero la idea de estar más allá de la puerta con candado pudo más que cualquier otro sentimiento.

Desde adentro todo es diferente. Yo ya no me sentía parte de los normales que entran, rezan un par de avemarías, después se santiguan tres veces, se levantan del suelo para dar media vuela e irse. No llegué a arrodillarme, pero estaba feliz. Sí, soy católica, pero más que eso lo que tanto agradecía y me ponía tan contenta era haber pasado las puertas para estar adentro. Poder darme la vuelta y ver qué cantidad de caminos tiene una misma religión, a veces se es observador, otras pasas a formar parte del espacio donde se dice que también habita Dios.

Entre consternada por el tiempo y maravillada con lo que veía y sentía, me di cuenta de que mis dos acompañantes se me adelantaban. Y eso sí, yo creeré en Dios, pero también en fantasmas, por lo que sola por supuesto no me quería quedar.

Entramos por una puerta chiquita (no tengo ningún tipo de respaldo bibliográfico, pero yo realmente creo que antes la gente era más baja. Hace falta nomas ver las puertas, a nosotros nos toca agacharnos bastante). El cambio era drástico: del cálido ambiente que sentí afuera, pasamos a un espacio frío, lleno de rosas secas sobre baldosas entre verde y descoloridas. Las paredes blancas pueden significar tantas cosas, además de que funcionan a la perfección con las sombras.

Girando a la izquierda seguían otras gradas de bajada. Una pared rezaba: “Yo soy la resurección y la vida… Yo he vencido a la muerte”. Desde la primera grada de bajada yo ya estaba con pánico, mi corazón casi era más fuerte que el sonido de los tacos de las señoras en la baldosa. “Ven Anamarita, no te quedes atrás”, intentaba mi mamá darme ánimos mientras veía el reloj, por si acaso.

Llegamos. Los focos con luces blancas se encontraban prendidos, por lo que al menos oscuridad no había. Entre ellas fueron reconociendo, una a una las lápidas de parientes, amigos de parientes, parientes de parientes… Hasta que llegamos donde la Boli. “Una avemaría por mamá”, dijo mi abuela y en efecto el eco de la oración resonaba a lo largo. Reorganizaron las flores viejas, recordaron a quien en vida fue, rezamos un par de avemarías más y “(…) ya salgamos. Después nos cierran y ahí sí a mí me da un ataque mamá, te digo en serio”. La abuela me repetía que no sea exagerada.

¿Sabrá la Boli que le vinimos a ‘visitar’? Me da escalofríos solo de pensar y después escribir. No creo que sea miedo a la muerte, pero definitivamente es respeto hacia quienes ya no están. Durante estos veinticinco años las cosas han cambiado tanto… Estoy yo y no está ella. No entiendo las vueltas de la vida y realmente es las 11:52 pm, no quiero analizar nada de eso, a pesar de estar completamente sola en mi cuarto de cierta manera me siento acompañada… Y más que nada, me da mucho miedo.

Tal vez sí valga la pena contar sobre el que representó un terrible suceso para mí; mientras yo me quedaba pensando en mi bisabuela, mi mamá y su mamá decidieron ya volver caminando despacio. Empecé a seguirles, cuando de repente escuché un ruido tan terrorífico para mis oídos que pegué un grito insoportable para los de las otras dos. Mi corazón se dio un vuelco, me quedé sin aliento y por unos segundos no pudo moverme. Al darme cuenta que no había sido nada más que un momento medio surreal, volví en mí. Pedí perdón después de las quejas que recibí y de una vez por todas quería salir de ahí. El tiempo seguía pasando y a ese señor yo sí le creí cuando dijo que era capaz de dejarnos encerradas.

A pesar de que mi corazón seguía latiendo aterrado, cuando llegué a la luz real me sentí mucho más tranquila. La puerta seguía abierta y la gente que todo ese tiempo estuvo confesándose, ya salía tras las órdenes de los guardianes de dejar la Iglesia.

“Mamá yo ni vuelvo allá”. Si quiero pensar en la Boli he de ver fotos. La experiencia fue increíble, tengo que admitir. Dicen que el miedo es psicológico, así como la adrenalina un efecto del sistema nervioso, lo que quiere decir que cada experiencia lleva consigo una cantidad de contradicciones. No es del todo un lugar aterrador, pero sí genera ese sentimiento por el significado que contiene. A quien lea le sugiero que vaya a ‘visitar’ a sus antepasados, que se pegue el susto y vuelva. Nunca está de más recordar que en la memoria también se llevan los genes.

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