Ida por vuelta

El sábado que pasó me fui de paseo con Roberto Mena, Meche Carrión y Esteban de la Fuente. Tomamos la reconstruida avenida Simón Bolivar, por encima del valle de Los Chillos para llegar a Machachi. Esta población resulta una parada turística obligatoria por múltiples razones -desde el gran paisaje con verdes potreros y la cantidad de volcanes y montañas que lo rodean-, además de una muy especial que es desayunar en El Café de la Vaca (http://www.elcafedelavaca.com/index.php?option=com_content&task=view&id=13&Itemid=27). La comida, el ambiente y la vista es extraordinaria, por lo que siempre es recomendable comenzar el paseo desde ahí. 

Se sigue por la Panamericana, subidas y bajadas que van haciendo cada kilómetro por hora, que con buena compañía, hacen del paseo eso y no una pérdida de tiempo.

Continuamos la ruta, pasamos “el Boliche” o lo que después aprendí que era la entrada por la provincia de Pichincha al Parque Nacional Cotopaxi (http://www.goecuador.com/cordillera/cotopaxi/parque-nacional-cotopaxi.html), pero yo seguía sin ver al famoso volcán Cotopaxi. Este volcán es tan grandioso que en un día despejado se lo ve desde Quito, a pesar de la distancia que existe. Y estábamos ya casi llegando a la reserva ecológica que protege su territorio, pero yo ¡seguía sin verle al Cotopaxi!. Repetía, una y otra vez, cuán angustiada estaba y creo que llegó un punto en que todos se enervaron de mí que por eso decidieron parar a preguntar. Al parecer nos habíamos pasado por nada menos de 32 kilómetros la entrada, en las palabras de la señora “está arrrrrriba” (hago énfasis en la r). Vuelta entera y la Meche me pidió que ponga algún ‘hit del momento’, decidí descargar ‘una vaina loca’, cantamos y bailamos al ritmo del reggaetón muy al pesar del Roberto.

“Ahí había un cartel que decía que era la entrada al parque” le dije al Roberto y en menos de cinco minutos estábamos frente a la puerta. El guardia nos dijo que no había cómo pasar porque  una lomita se desmoronó “(…) más de 400 metros de tierra” y a pesar de mi cara triste, la que se puede contrastar con los comentarios de burla del Esteban hacia la situación, el señor en un principio no nos dejó entrar. Por suerte el otro guardabosques le gritó que ya había paso porque las máquinas ya estaban trabajando. El otro también nos pidió que le permitamos mirar el interior del carro, parte de las prohibiciones del parque es la de entrar con cualquier sustancia psicotrópica y armas de fuego. Como pasamos el control seguimos el camino que llevaba cada vez más cerca al volcán que no quería despejarse.

En la primera bifurcación, un letrero decía que el conductor podía escoger hacia qué lado quería ir. Cuando yo era pequeña e iba con mi familia allá, me gustaba llegar a un  lugar específico donde habían algunos manantiales y rocas donde sentarse. Claro que yo quería volver, por lo que le dirigía al Roberto. Pero no siempre mi sentido de orientación es el mejor, por lo que el cartel que decia “refugio”, no fue suficiente para indicarme hacia dónde exactamente llevaba el camino.

Llegamos a donde se dejan los carros para comenzar la escalada del volcán. El primer punto es el Primer Refugio, pero claro nosotros parqueamos pero no emprendimos la subida. El viento estaba increíblemente fuerte y las nubes tapaban la nieve. Desde ahí arriba se veían largas y anchas planicies de terreno llenos de piedras de alguna erupción del volcán. Las nubes desordenadas como siempre y las horizontales de las demás montañas creaban un paisaje digno de admirar. El Roberto y yo, quienes fuimos los que nos bajamos, empezamos a sentir cómo se congelaban las orejas y las manos, pero igual luchábamos contra el viento para tomar fotos y reírnos de que a veces perdíamos el equilibrio. En el carro, por su lado, el Esteban dormía y la Meche estaba con el celular.

Cuando llegó ese punto de desesperación total por culpa del viento, decidimos volver al carro para ya bajar. La Meche se adueñó del cable auxiliar y puso todas las canciones old school que encontró en el celular del Roberto, me acuerdo que algo hablaban de Linkin Park y The Offspring, entre otras bandas que yo no conocía. En todo caso los tres conversaban mientras yo seguía lamentándome que el Cotopaxi esté nublado.

El camino era de tierra, lleno de piedras y camellones por lo que de vez en cuando nos golpeábamos entre nosotros. Pasamos la laguna de Limpiopungo, la hostería Tambopaxi (que pensé que algún día quiero ir a pasar la noche), hasta que llegamos a la entrada del parque por el otro lado. Había un bosque de pinos y una cequia de agua helada. Paramos ahí, a esa hora de la tarde cuando el sol logra unas sombras especiales, además de que calienta un poquito. Pasando las cuatro de la tarde, cuando ya da hambre y Latacunga está más lejos que Sangolquí tomando en cuenta que ya teníamos que volver, por lo que preferimos el hornado a las allullas.

Salimos del Parque Nacional Cotopaxi por un camino paralelo a la Panamericana, el cual pasaba por haciendas que al Esteban le hicieron acuerdo del libro Huasipungo de Jorge Ycaza. De vez en cuando él también nos contaba un poco sobre los distintos tipos de razas de las vacas y cuando vio las normando, resaltó su fuerza y que eran unos animales más violentos, todo esto mientras pasábamos lentito entre ellas que se habían adueñado del camino. El sol se iba poniendo con nuestro rumbo hasta que llegamos a un camino de adoquín, con el cual terminamos en Sangolquí. Regresé la vista atrás y oh sorpresa, el Cotopaxi finalmente se había despejado. Qué iras, punto final.

Por muchos años viví con mi familia en el cantón Rumiñahui que cada día crece más, por lo que sabía exactamente a dónde teníamos que ir si querían comer el mejor hornado: a los hornados Dieguito (http://paraderodieguito.blogspot.com/2007/12/los-mejores-hornados-del-valle.html). Este restaurante tiene el plato que con el tiempo se ha convertido en típico ecuatoriano. Entramos al local y los cuatro pedimos el que tenía todo (hornado, llapingachos, mote, aguacate, cuero, plátano y encima de todo el agrio de cebollas). Estaba jugando la selección del Ecuador contra Argentina, en ese país, por las eliminatorias al mundial de fútbol. Desde que nos sentamos hasta que nos fuimos, el equipo ecuatoriano perdía 3 a 0 y los pocos clientes se quejaban.


Finalmente terminamos nuestro viaje en mi casa, donde mi familia veía el partido. Mi prima Isabel, mi mamá y su amiga Maritza gritaban por cualquier cosa, y cuando el árbitro determinó que el se acabó el cotejo, alguien apagó la televisión porque todos estábamos medio entristecidos. Con el Esteban nos sentamos en el sillón de la sala para ver televisión. Por supuesto él se durmió, mientras yo veía Shrek 4, creo, en español y me reía sola. El día se acabó y yo ya estoy pensando en el próximo paseo, lo más pronto posible.

 

 

 

 

 

*Muchas de las fotos publicadas fueron tomadas por el Roberto Mena.

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