“(…) aquí vengo a comprarle unas colitas…”

“Nas Noches, seño. Qué dice veci, vengo aquí a comprarle unas colitas…”, y entramos a la tienda después del saludo. Típica tienda de barrio quiteño: donde se encuentra de todo, más barato que en cualquier otro lugar. La variedad de productos también a veces es más limitada que en cualquier supermecado, pero la relación con el personal que atiende es indudablemente más cercana. En Quito, y en Ecuador en general, llegar a la tienda del barrio viene consigo saludar de manera  muy cariñosa a la señora o el señor que atiende el puesto -en este caso ella-, para después, cuando ya la amistad esté concretada, poder pedirle “oiga seño, y ¿si me va a dar yapa?”(*entiéndase, para los extranjeros, que es ese productito extra, de “regalo”).

La relación que se mantiene con la ‘seño’ es bastante especial ya que, a pesar de no conocer el nombre (porque realmente nunca se le pregunta, la identidad de dueña de la tienda del barrio es tan importante que así se le conoce), los clientes entran al local con toda comodidad. La facilidad con la que se puede tomar los productos que cada uno necesita es impresionante, esto forma parte de relación de confianza que se genera entre vendedor-comprador. No sé cómo será en otros lugares, pero en Ecuador muchos barrios giran en torno a lo que sucede en la tienda: los productos básicos se compran ahí, por lo que si un cliente frecuente está teniendo problemas económicos puede pedir tranquilamente al dueño que le ‘fíe’ o que le anote en la libreta de cuentas. En términos legales, esto sí forma parte del negocio jurídico, lo que quiere decir que el acto es válido. Siempre que se mantenga dentro de la ley, la persona está obligada a cumplir con su promesa y algo tan simple como la hoja de cuadros de un cuaderno se convierte en la única presión de pago. Es por esa razón que digo que entrar saludando como si la dueña fuera familia, forma parte del prestigio del negocio. Entonces, no es un abuso que, por ejemplo, mi amigo Esteban entre y él mismo sea quien saca las colas de la refrigeradora, o que me coma los Doritos aún sin pagar, porque la señora sabe que ella se apara en la ley y tiene las de ganar. Y así es Ecuador.

Como se puede ver en las fotos, a lado de la estantería de productos íntimos del hogar tales como el papel higiénico, están las naranjas que son más baratas si el cliente se lleva la docena. El espacio para caminar es más bien reducido, pero ya que todo está a la mano y la ‘seño’ se involucra en el negocio de manera personal, la estadía se convierte en una situación de conversa de temas clásicos como el clima, “(…) cómo han subido los precios, no. Esto está cada vez peor”, entonces se sigue a la política. Y llega un momento en que hasta se le cuenta una que otra intimidad, como la necesidad de comprar el mismo papel higiénico varias veces a la semana, entre otras cosas. Para cuando se sacan lo últimos centavos de la billetera, la vendedora y su cliente ya mantienen una relación cordial que va más allá de la amistad, lo que indudablemente quiere decir que sí habrá ‘yapa’.

En menos de cinco minutos, la tienda se llena con un señor que busca desesperadamente pasta de tomate y a pesar de que solo hay salsa de tomate, continúa insistiendo en su necesidad. Una niña tímida paga el cubito de caldo Maggi que su mamá le mandó a comprar y el Esteban me pregunta si creo que estamos llevando suficiente cerveza. A mí la jaba me parece más que suficiente además de los seis litros de Coca-Cola (dos botellas de tres cada una), dos fundas de papás chimbas (fritas) y los Doritos de limón míos, tomando en cuenta que somos solo un grupo de amigos reunido en un lunes cualquiera, que muy difícilmente se convertirá en algo así como una fiesta.

Ya para el momento de pagar, la señora le hace acuerdo al Esteban que por la ‘chancleta’ (la jaba, solo que sin las cervezas) tiene que hacer un abono de doce dólares, como una precaución y así tener al menos un poco de certeza de que vamos a devolver tal como nos llevamos la ‘chancleta’. Esto podría parecer un poco ridículo para algunas personas, pero en Ecuador las cosas generalmente se determinan como una prevención porque claro, “(…) ya nunca se sabe”. En todo caso, las sumas hechas a mano en la libreta dicen que el Esteban tiene que pagar tanto. Vuelve a los números para estar totalmente segura y sí, “(…) dos botellas no retornables de tres libros, la papa… Sí mijo eso mismo me tiene que pagar”.

Es hora de volver a la casa. El Esteban carga la jaba, yo cojo las papas y la ‘seño’ nos ayuda llevando las colas. Después del gastito, está bastante contenta y tal vez seamos sus últimos clientes. La noche quiteña está bastante fría, por esa razón nos despedimos con una que otra frase al azar sobre el clima, le deseamos suerte a la dueña y él promete volver al día siguiente con el encargo. “Taluego mi seño. Muchas gracias, que tenga una buena noche. Y, nos vemos mañana, ¿no?”.

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