‘La pelota no se mancha’

Desde la tribuna el juego parece muy fácil, pase, pase, a veces taquito o alguna jugada técnica y gol. Es más, el arco se ve tan amplio, es casi impensable que para los jugadores se convierta en una asaña la de intentar, por 90 minutos que la bola pase la línea hasta tocar las redes; once hombres de un lado contra los del otro equipo quienes se diferencian en relación a algún distintivo que es generalmente el color de su camiseta. Pero bueno, no siempre. Hay veces que se utilizan chalecos que pueden ir del amarillo al verde fosforecente, pasando por el sudor de los dos tiempos que corrió el jugador, sin que siempre termine su día lavado.

En el arco por supuesto se encuentra el arquero. Es una de las posiciones más comprometedoras en la cancha. Él o ella, dado el caso, tiene literalmente en sus manos la suerte de su equipo, y aunque se le tuerzan los dedos, lo que realmente importa es que la bola no entre. Un gol significa una pérdida en contra, siempre. Si cada jugador se esmeró pero quien está entre redes no alcanzó a tapar, los demás le devolverán con quejas su mal rato; el arquero tiene que lanzarse por todos lados, necesita agilidad, paciencia y además saber guiar a sus compañeros que se ponen en la defensa. Tiene que saber gritar, sin alterarse porque de lo contrario puede llegar a confundir a todo el equipo y gol, se culpa al de guantes. Si los delanteros no hacen su trabajo, la pérdida recaerá en el último hombre por no poder parar el balón cuando y dónde debía.

Hay distintas formas de juego, o en términos más futbolísticos: la táctica cambia según cada jugador y más todavía si éste depende a su vez de un director técnico. Hay los que pelean, los que patean a los demás, los que prefieren juguetear con la bola para hacer quedar mal al rival, los que tienen miedo de equivocarse y por eso dan pases rápidos, otros que juegan para sí mismos y los demás les llaman ‘individualistas’… Así muchos tipos, no determinados oficialmente por la FIFA ni mucho menos, pero sí etiquetados por quienes se ponen los zapatos de fútbol para jugar todos los domingos de 8 a 10 de la noche con los amigos. 

El fútbol es movimiento, constante, a veces es necesario que se controle lo que ocurre en la cancha, otras dejar que el jugador siga sus instintos para así lograr que su equipo gane el cotejo. Para que sea divertido tiene que ser rápido y al instante. No existen las decisiones meditadas, porque hasta que se llegue a una conclusión, alguien más ya tomó como suyo el balón. El fútbol son instantes en que se tiene que actuar a la defensiva para después tomar una actitud más violenta e ir por el título. Hay que correr, saltar cuando alguien entra con el pie directo al golpe a la rodilla de otro, gritar cada gol, pelear si hay alguna injusticia o ‘trampa’, entre otras cosas que tienen que ver directamente con sentimientos y reacciones que se emanan de los mismos.

Desde la tribuna, una vez más, se alienta al equipo predilecto, ‘y dale, y dale’, ‘y dale oooh, y dale ooh’, ‘pero dale pues pelado, eso era gol’, ‘el arquero parece gato, pero los defensas postes que no hacen nada’, ‘pero qué paquete’, ‘ese man es un crack’… Entre muchas otras formas, las que en su mayoría van junto a insultos que es mejor ni repetir a menos de no estar ese momento en el juego.

Al rededor del fútbol se crea un mundo paralelo a la realidad, donde todo gira en torno al juego. La vida para muchos no tendría sentido sin este deporte, así como para otros el resultado de un partido específico define el estado de ánimo de la semana entrante. En fin, el mundo del fútbol se lo vive con tal intensidad que el resultado no siempre se lo logra en la cancha, se puede ganar en la mesa -aunque no sea precisamente legal-. Hay distintos niveles. Los profesionales, quienes ya lo toman como algo más serio debido a que se convierte en su trabajo, son la cara de muchas cosas: materiales, como las marcas deportivas u otras solo diarias, o más abstractas como afirmaciones de tal o cual jugador es el ‘rey’ o el ‘dios’. Después de este estrado, siguen todos de los que también viven por el fútbol pero no siempre es recíproco, o sea que ellos no viven del fútbol porque no es precisamente su oficio sino su pasatiempo. Estos son el grupo de amigos que se reúne los fines de semana, escogen los equipos de acuerdo a estándares determinados por la amistad y dedicación, más que estrictamente la técnica; el fútbol masculino es intenso. Tanto así que grandes amigos se insultan en la cancha y delanteros hacen quedar en ridículo a arqueros amigos compañeros de casa. Al salir del personaje que cada uno adquiere con la posición que por 90 minutos tomó, todo vuelve a la normalidad: la vida sin la misma pasión pero sí determinada por las mismas emociones.

El partido realmente nunca acaba. No todos, pero sí la mayoría de los jugadores se dedicarán a repasar una y otra vez cada pase, los goles marcados y esos deslices irrevocables que provocaron furia interna… Puede que se repitan, una y otra vez, ‘solo es un juego’ pero, analizando tal vez por demás, es la demostración de la vida misma. La vida es una pasión, sin ella pierde sentido. El fútbol es una pasión, sin ella se convierte solo en un juego que comienza y termina pero no representa nada fuera de lo común. Es todo lo contrario, comenzando con que sí junta a personajes normales de la vida diaria, los convierte en feroces jugadores que dan la vida mientras corren tras una pelota que, junto a la suerte, les da un mundo en el que ‘la pelota no se mancha’. La pasión es indestructible.

El juego está allí en el rectángulo de la cancha. Hay movimiento por todo lado. Todos corren, los jugadores, los técnicos, la hinchada, los árbitros, los que lo analizan… El fútbol es el mundo donde se lucha por ganar al otro equipo para así quedar campeón.

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