San Diego

A veces hay que quedarse callados, tranquilos, cerrar los ojos, sentarse y sentir lo que está alrededor. No quedan huellas de los pasos, el tiempo y el clima se ha encargado de carcomer su recuerdo… Si las paredes hablaran… Si los manuscritos contaran algo más que lo que es correcto. No pido dramas, quisiera realidad, para saber qué pensó quien caminó una y otra vez por ahí, quizás con las manos escondidas en la sotana.Qué hizo con sus dedos, ¿contó sus pecados?¿Cómo se disipó la sombra? ¿Igual que el día en que yo estuve ahí?

Al caminar por los patios internos de los conventos, se puede sentir un vaivén entre mito y realidad. En San Diego, por ejemplo, hay la famosa leyenda quiteña sobre los escandalosos actos pecaminosos del padre Almeida. Su celda está abierta al público donde se pueden ver entre otras cosas, los silicios que utilizaba colgados en la pared, sus vestiduras y los libros que alguna vez leyó. El guía que acompaña el tour a los visitantes, asegura que no es más que una historia que empezó como un rumor y ahora forma parte de la memoria colectiva de una ciudad llena de secretos a voces. El padre Almeida existió, el Cristo por el cual “bajaba” mientras se escapaba también, pero no hay prueba alguna de que le gustaba la fiesta. Eso quiere decir que, “hasta la vuelta señor” responde a la verdad a medias a la que corresponde la historia en general.

La familia Jijón caminaba entre sus callejones, los que ni el mismo Dios ha permitido que se olviden. La fuerza del mito es tan fuerte… Yo les sigo, tomo fotos, me fijo en la luz y creo entender algo de lo que me habló mi profesora en la clase de fotografía. Una silla en la mitad de un pasillo puede significar muchas cosas si se pretende analizarla desde un punto de vista más romántico. Y con un rayo de luz, en un convento, una silla solitaria sobre el piso de madera… Toda una escena se puede recrear.

Ella mira por la ventana, yo no sé qué. No me pidió que le tomara una foto, de hecho generalmente cuando lo hago mi mamá me hace muecas porque para ella son algo así como un elemento de la memoria irrelevante. Tal vez sí sé qué es lo que está mirando, es una cruz de piedra que está en el centro del patio y llega al segundo piso. Me pidió que tomara una foto y lo hice, pero el momento de la luz en su cara tiene un significado más importante para mí.

Me gustan los cuentos que siguen esa misma línea de contar en contextos existentes y con personajes reales, pero en su unión es que salta como chispa la imaginación y finalmente se prende el fuego que con sus llamas relata una historia; una sombra que no tiene dueño, o un señor que en la luz del día no refleja nada… Un hombre, una mujer. Los senderos de caminos internos en un convento que tal vez tengan bifurcaciones para encuentros escondidos con o sin Dios.

San Diego fue un convento a donde llegaban curas que buscaban el arrepentimiento. A pesar de encontrarse en la mitad de una ciudad ruidosa con peatones quejumbrosos y carros con chóferes apurados, el silencio es casi absoluto. Por eso, el trajín entre celdas responde a una armonía que yo me dediqué a perseguir.   Dentro de la Iglesia no se permitía tomar fotos. Yo no me enteré hasta que mi tía Cawi tuvo que repetirme. Junto a mi mamá, nos sentamos en una suerte de sillas de madera antiquísimas donde en su momento lo hacían quienes estaban en el coro. Después seguimos hacia el campanario. Es un misterio quién realmente tocó la campana, si el Ricardo o nuestro tío Alfredo, pero desde el techo de la Iglesia de San Diego se vía Quito. Una foto a mi papá y la tía Nena. Otras hacia el cementerio que se encuentra al frente de la Iglesia. Alguien me pidió que no me acercara mucho al filo… No como el tío Xavier, quien a veces tiene oídos sordos y él sí armado con su cámara tomó fotos del panorama de altura.

Cruzando la calle está el Cementerio de San Diego. Ahí está enterrado el ex jefe de Estado José María Velasco Ibarra, también el general Flavio E. Alfaro, sobrino de Don Eloy Alfaro ex presidente de Ecuador y líder de la revolución liberal, y otro ex presidente que no recuerdo el nombre pero tenía una bandera tricolor que ondeaba con el viento por lo que supuse que sería importante. Las tumbas, a parte de estas personas, digamos célebres, son de cemento y concreto. Algunas con flores de colores, otras a las que el nombre que alguna vez rezó su lápida está casi olvidado por el tiempo.

De cierta manera  los cementerios juegan el mismo papel que un álbum de fotografías viejas, o un manuscrito, o simplemente la memoria de alguien: es una manera bastante nostálgica de recordar que la vida es un ciclo, tiene fecha exacta de expiración.  Pararse frente a una tumba puede ser un buen comienzo de una historia, hasta de la vida misma de quien no necesita un narrador omnisciente. A mi prima María Laura le encantan los cementerios, pasear, supongo que también recordar. Pero y si, ¿no son personas conocidas las que están/o estuvieron ahí? Podría dar igual… La memoria no falla, somos los humanos los que permitimos que los recuerdos se desvanezcan… Por mucho recurrir a ellos que se desgastan, o por solo mantenernos en el futuro…

El guardia nos avisó que no había como tomar fotos dentro del cementerio. No quiso explicar nada, después de que yo le discutí (eh ahí mis ligeros conocimientos de abogada) de que en ningún lugar decía que estaba prohibido, por lo que si no está especificado no es prohibido y blah blah blah… Terminé medio escondiendo mi cámara y la de mi tío Xavier, decidimos no salir. Claro que el guardia se molestó tanto que dijo que iba a llamar al supervisor, y yo me acordé de la ironía de El Chavo -suerte que nadie nos hizo ‘chusma, chusma”-.

¿Está mal celebrar la vida en un cementerio?

¿Disfrutar del paseo? ¿Leer los nombres de las lápidas y lo que sus familiares decidieron escribir en ella, contando qué tan bueno era o los valores más representativos de su carácter?… En fin, andar entre las tumbas creando posibles escenarios sobre gente que a pesar de que podría sonar a que es pariente, “(…) no, él era de otros Jijón”.

Ir con mi hermano Martín para que me enseñe dónde estaba enterrado Velasco Ibarra, comparar su tumba con el del otro presidente. Pensar, será que alguna vez… No, lo dudo. Presidenta no quiero ser y tampoco que me entierren. Mi papá repite que quiere que lancen sus cenizas al viento cuando sea el momento. Cuando sea el momento… ¿Cuándo?

La muerte engloba todo. No sé si sea lo contrario a la vida… Yo le identifico con otras palabras como terror o simplemente ignorancia. Quizás es mejor no dar testimonio de lo que no se conoce, pero que de alguna manera sí se siente… Caminar por un cementerio a plena luz de día…

La tarde del sábado terminó en el Panecillo. Con la virgen a nuestras espaldas y ella dando las suyas al Sur de Quito. Conseguí mi siempre bien recibido algodón de azúcar rosado.

Las callesitas del Quito antiguo se quedan atrás, el camino se abre paso hacia el Valle. Un gran día en el que a lo largo de él, celebré, entre las demás cosas, estar viva.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s