Crónica de mi Semana Santa

El jueves 29 de marzo me senté en la laguna de la universidad a pensar en lo que iba a hacer durante el feriado. Por delante tenía una semana de vacación y por suerte ninguna obligación académica para los días siguientes. Me acordé que una vez mi amiga Andrea me contó que un domingo había tomado la ruta Quito-Boliche en tren y quise experimentarlo por mí misma. Entré a Internet a buscar información y después de pasar toda la tarde convenciendo a amigos, creí que no había nada más que hacer que llegar ese domingo a la Estación de Chimbacalle, tomar el tren y comenzar el viaje. Al día siguiente llamé y en la línea me dejaron en claro que era necesario hacer una reservación de mínimo 20 días de anterioridad para así que se nos ponga en lista de espera, debido a que es una atracción turística muy popular; por supuesto que me desanimé y creí que nada de lo que podría hacer se compararía con esa posible aventura.

Después de mi primer fracaso, esos primeros días dediqué a escribir. Por alguna razón me gusta hacerlo en la madrugada, por lo que transformo mi horario al de los murciélagos, es decir duermo en la mañana y trabajo en la noche. Pocas veces he escrito tanto como esa semana, además de disfrutar de la buena lectura de Cien años de soledad. García Márquez me inspiraba, cerraba el libro y me disponía a escribir. Más o menos a las 4 a.m me acostaba y me levantaba al almuerzo.

Mis hermanos menores también tuvieron vacación, por lo que mi mamá decidió trasladarse a nuestra hacienda Chachaipamba en Pintag. Ellos, al contrario de mí, se levantaban con el alba para montar a caballo toda la mañana y poder volver a su entrenamiento de fútbol en el Club El Nacional, después del cual volvían con mi mamá a Chachaipamba. Esta dinámica la practicaron toda la semana, entonces yo almorzaba con ellos. Mi mamá intentó de todas las maneras convencerme de ir con ella, pero en la hacienda no hay luz por lo que no hubiese podido utilizar la computadora ni habría escrito como lo hice. Yo sí dependo de la tecnología; para el jueves 5 accedí y finalmente fui con mi papá una noche. Llevé unos cuadernos y mi libro, mi cámara de fotos y también la alfombra que tanto me gusta coser.

Los cuatro días siguientes fueron excepcionales. Un par de mañanas me levanté antes del amanecer para tomar fotos del paisaje. La primera vez que hice eso, el día despertó nublado y no podía ver más allá de unos dos metros. Esperé y como a las 7 de la mañana pude empezar mi cometido, pero el frío fue más fuerte y ni bien dieron las 8 estaba ya metida otra vez en la cama que seguía caliente; no escribí. Mi efecto de la madrugada no pudo darse por la falta oscuridad y realmente me daba pereza hacerlo a la luz de la vela. Eso sí, pensé mucho. Sobre varios temas y desde distintos puntos de vista. Por ejemplo sobre el amor y lo que significa amar a otra persona. Esto se debe a que estoy enamorada y soy una mujer bastante romántica, ¿cómo no serlo con las luces de Quito a lo lejos, unas nubes que me invitan a darles forma y el silencio?

Una mañana mi hermano Martín me pidió que le acompañe al pueblo a comprar chocolate en polvo. Mi mamá y mi abuela ya estaban haciendo el desayuno, por lo que nos tocó escaparnos casi a escondidas y con la escusa de que los días no empiezan sin la taza de leche con chocolate. Cogimos el carro de mi hermano mayor (quien estaba en la playa) y emprendimos el camino de bajada. El Martín manejaba a pesar de aún no es mayor de edad. Para cuando llegamos al final del camino, la puerta de salida de la propiedad estaba con candado y no habíamos llevado las llaves. Cambiamos de puesto y yo que empezar a dar retro, mientras mis piernas temblaban y tenía miedo de chocarme, -resalto este acontecimiento porque yo me considero pésima al volante-. Todo iba bien hasta que llegué a la curva, empecé a dar para adelante y atrás tantas veces que dejé un rastro ya bien establecido y en consecuencia el lodo empezó a suavizarse. De un momento a otro me quedé estancada. A pesar de que aceleraba hasta el fondo, las llantas del Vitara solo patinaban. Del susto empecé a gritarle al Martin que vaya a buscar a mi papá para que nos ayudara a salir de ahí, pero mis chillidos fueron ignorados. Pare en seco, me bajé del carro y empecé a caminar sola de vuelta a la casa. Mi mamá y mi papá salieron, para cuando les conté lo que sucedió empezaron a reírse y a decirme que me porte como una “camarona”. Finalmente esta situación terminó cuando mi mamá puso la doble y salió tan rápido como yo me había enterrado. Cuando nos sentamos en la mesa dispuestos a desayunar, el pan y la leche estaban fríos y nos la tomamos sin chocolate.

El sábado me visitaron y ya el domingo volvimos a nuestra casa en Tumbaco. Me senté frente a la computadora esa misma noche pero estaba tan agotada que me fui a dormir. “Qué vacaciones tan relajadas…”, pensaba mientras me iba durmiendo. Agradecí a Dios y también me acordé la razón por la cual yo descansé todo ese tiempo. Recé algunas oraciones. El lunes volvía a clase dispuesta a estudiar.

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