Pintar mi cuarto

Necesito pintar mi cuarto de otro color. Los cuadraditos morados y lila ya empezaron a cansarme. Cuando me cambié de casa, mi Tía Pia tan cariñosa que es siempre, me ayudó a decorar mi cuarto. La verdad es que yo nunca logré pasar del ‘voy a… Comprar arreglos, un nuevo sillón para leer, una hamaca, etc’. Esto debido a que soy bastante dejada, además de que no sentía la necesidad de arreglarlo si a la final solo pasaba las noches aquí.

Con el tiempo he descubierto muchas cosas de mí que supongo siempre estuvieron ahí, pero me negaba a verlas por miedo a ser juzgada. Como por ejemplo mi desorden y que mi

personalidad es la de un camaleón (como el de la foto que adjunto), me parezco desde la cantidad de colores, hasta la expresión de seriedad de la cara. Creo que sería un poco demás decir que a ‘nosotros’ que somos así cambiantes, nos discriminan. Sentir que los demás no aceptan ciertas actitudes que giran en torno a la personalidad muchas veces se debe a un bloqueo mental personal, más que la realidad en sí. Hay que empezar por aceptar tantos colores, y bueno también que a veces sí tenemos esos ojos como de desalmados. Para que así los demás puedan determinar que somos una mezcla y es eso lo que nos hace especiales.

Estaría muy forzado pintar mi pared de tantos colores, creo que me sentiría presa dentro de mi propio cuarto y estaría obligándome a parecer la mujer más alegre del mundo. Tampoco lo pintaría de negro ni blanco, porque en sí mismos no se definen debido a que o son todos los colores, o ninguno; estoy pensando en el verde. Clarito y suavecito. Y en la parte del escritorio, ¿otra tonalidad del mismo color?. Eso sí, tengo que empezar a coser la alfombra que va a dividir la parte de “estudio” del “descanso”.

Mi cuarto se volvió este lugar tan importante para mí, es solo mío. Mis papás nunca me han molestado excesivamente por dejar las cosas en cualquier lado, por eso es mi espacio para hacer lo que yo quiera sin molestar directamente a nadie más de la casa. Claro que cuando ya abuso y tengo una montaña de ropa sobre la silla del escritorio, libros desperdigados por la mesa y zapatos fuera de su sitio, mi mamá me dice que soy “(…) el colmo”. De vez en cuando, en algunas madrugadas, me dedico a arreglar el desastre para que la Mónica, que es quien arregla, no me hable al día siguiente; este rato está bastante decente. Mi cámara sí está fuera del estuche y con la tapa en otro lugar, unos papeles que empiezan a hacer bulto, pero nada fuera de lo normal. Tal vez la parte del “estudio” es la más complicada, porque en la cama solo me acuesto a dormir [supuestamente. Aunque ahorita estoy escribiendo sentada en la sobrecama].

Y bien, desde pequeña me gusta la frase que mi mamá acuñó por mí: Mi desorden es mi orden. Quiero nueva pintura, siempre es refrescante cambiar la tonalidad del desastre. Parafraseando a mi profesor Jorge Luis, el desastre no siempre es sinónimo de crisis y en este caso yo me uno a la irreverencia de la ironía de ser yo en mi mundo, sin salirme totalmente del sistema establecido, pero tampoco entrando en sus líneas tan positivistas: el orden absoluto.

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