Primera semana de trabajo

Primera semana, semana y media, completa. Trabajando en juzgados, con jueces y tratando de gestionar juicios. Sonreír, asentir, agradecer, saludar. Aguantar el machismo, sobrellevar un pseudofeminismo que se confunde con decencia. Poner cara de buenos amigos, de que así son todos los amigos, dejarse llevar por esa voz empalagosa que se tiene dentro pero solo algunos lo utilizan como método de defensa: Tal vez al hablar así nadie note el miedo a que todo salga mal.
Vuelvo y repito, me siento rara. Hay veces que estar en la Ecovía me da un poder que me devuelve una independencia que me llena. Me siento, las mañanas tras pedir el periódico “Metro” en la calle, a leer los titulares y empaparme de los acontecimientos sucedidos a lo largo de un día y una larga noche. Pretendiendo recompensar el desastre que me rodea con trabajo, esfuerzo; camino frente a la Asamblea Nacional, me siento importante. De hecho me miro en el espejo de la guardianía, todos los días, casi a la misma hora y con el mismo propósito: aún no sé cuál es. Llego a un paso cebra que me distancia a una calle del Palacio de Justicia. Veo como camina la gente y realmente espero que como pago, a la entrada, se hayan propuesto hacer justicia. Pocos segundos después ese pensamiento se desvanece, sé, y a conciencia, que no es así. Dentro, realmente sin tener que buscar con saña, se encuentra uno de los lugares donde la justicia no es más que un dibujo que se reproduce en pancartas pegadas en las paredes. Así, con retórica y todo.
Los juzgados se quedan atrás, es hora de ir a la oficina. A vernos las caras. Seguir sonriendo, pero estas sonrisas definitivamente son diferentes, tienen que ser más inteligentes. Sonríes a la secretaria de una forma en que le dices gracias por salvarme el día. Sonríes a los demás pasantes como suponiendo que deben estimarte por el simple hecho de que están tan a la deriva como tú. Sonríes a los jefes más cercanos y también te miras a los pies, no sé por qué. Y terminas por sonreír a los que trabajan en el piso más alto de la torre más alta, esa sonrisa tiene también un mucho de esperanza de algún día llegar a ser tan importante, y, también por qué no, mirar con superioridad a los pasantes de aquel tiempo que te sonríen con una cara ridícula, con la frente escrita con tinta: te admiro.
Yo me pongo a reflexionar. Mi papá me dice que tengo que dejar de pensar con el corazón y empezar a analizar las situaciones que me rodean con la cabeza, con el cerebro. Ajá. Camino hasta mi automóvil (lo llamo de tal forma porque es un aparato que odio pero que definitivamente me salva la vida), pienso. Frente al Estadio Atahualpa como que mis pensamientos afloran. Me doy charlas de autoayuda, -Ana María tienes que tener confianza en ti misma… Ana María vas a ver cómo todo mejora con una actitud positiva… Lo que yo quiero no es un novio sino un amigo… Y aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Y yo por dentro soy artista y bohemia.- saco conclusiones apuradas de acontecimientos recientes, tomo el tiempo de cuánto me demoro caminando, del parqueadero a la casa de mi Abuela Leonor, para que mi tiempo de almuerzo parezca más extenso de lo que realmente es. El trafico me atonta, algunas veces me hace llorar el saber que no tengo un auto mágico con el cual podría hacer ¡clic! Y transportarme. A las 2 de la tarde vuelvo a la oficina. Mi sitio me espera y la secretaria me saluda con gesto muy amable. Salgo otra vez a juzgados. “[…] Prepárate Ana María, lecciones de vida en un juzgado.”
Ser pequeña un momento, pestañeas y estás frente al volante de una vehículo el cual legalmente está a tu nombre, los demás adultos esperan que seas absolutamente responsable y entiendas cada palabra que dicen (aun así sea la primera vez que la escuchas); de haber acogido el buen tema de levantarte de la cama para acostarte con tu mamá a ver las noticias, a desayunar con los ojos cerrados porque “[…] tal vez solo sea un sueño y no tengo que ir a trabajar”; cuando dormías en la subida desde tu casa al colegio, te despertabas a un minuto de llegar a la entrada, y sabías que si utilizabas la capucha de la chompa de Sexto Curso, nadie se iba a molestar en hablarte, comparado con la torpeza de no poder poner el radio en su sitio y tener que cantarte a ti misma durante todo el trayecto; pero nada se compara con la llamada de la mamá a preguntar cómo estás, mientras te encuentras caminando por un juzgado de nadie, llena de una capa invisible de ‘malas vibras’ y con unas ganas de llorarle, rogarle que por favor venga a salvarte porque en el mundo de la gente grande no quepa una niña soñadora y exploradora como tú.
Entonces, esa fue mi primera semana, semana y media, en un estudio jurídico. Estoy exhausta.

Texto escrito en julio de 2011. En mi primer trabajo, una pasantía en un gran estudio jurídico. Estas fueron mis primeras impresiones

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