Preguntas

Es raro esto que siento referente a todo lo que está pasando alrededor de mí; en África mueren niños, como diría mi abuela, son “[…] carne y pellejo. Yo cuando vi en la televisión me estremecí.”; la última noticia que leí en el Twitter me decía que en Los Ríos se registraban ya 19 muertes por culpa de un alcohol adulterado, además de las otras cinco provincias que presentan inconvenientes. Por supuesto hay varias percepciones, algunas y algunos lo toman –podría ser por demás crítica al decir chiste-, a la ligera, quienes ironizan y satirizan un poco la situación con tal de no hinchar una burbuja que podría explotar y traer resultados terribles, unos celebran que el Gobierno de la Revolución Ciudadana (con mayúsculas) haya hecho una cadena nacional de prevención… ; supongo, no la vi. Estoy sentada frente a la computadora sin saber qué pensar, qué sentir, ni cómo hacerlo. En el Facebook, por supuesto, en el Twitter y en YouTube. No sé de qué manera podría estar más conectada con el mundo, y aun así soy tan impotente. ¿Qué hago con la sequía de África? ¿De qué lado me apasiono, en el equipo de los ganadores o perdedores, de los mediocres o las sorpresas, de Venezuela o Paraguay? ¿Me alegra saber que un intento de hospital móvil ya llego a Los Ríos para atender a todos aquellos que, por culpa de la irresponsabilidad de los fabricantes de licor artesanal y también por la propia, al tomar algo sin registro sanitario, están muriendo de intoxicación? Entre muchas otras noticias que voy leyendo en mi cuenta de la red social.
Tengo luz en mi casa, una silla cómoda donde sentarme, un enchufe para conectar el cargador por si mi computadora se queda sin batería y no puedo seguir en internet, una familia a quienes adoro y me adoran, una razón por la cual despertarme todos los días y dormir tranquila al saber que estoy empezando a encontrar sentido en mi vida… En fin, puedo estar completamente tranquila por descubrirme entre todas las que ahora se llamaría como ‘comodidades’. No me queda más que agradecer, es verdad, pero también hay algo dentro de mí que no me permitiría quedarme solo en el gesto de buena voluntad; es una vía desconocida esta, la de la moral. Cuando me encuentro a mí misma en juzgados pienso en todo lo que podría lograr si sigo la senda del bien –a tono fantástico: ‘[…] following the yellow brick road’-, podría lograr más que solo privilegio, recompensa y orgullo. Leo las boletas que tengo que recoger diariamente y en el mundo por el que camino me encuentro con situaciones que pasan a través de la ley, pero que por (¿suerte?) existen personas (¿Cómo yo?) que planean su vida según aquella que está siendo trasgredida, con tal de lograr establecer un orden. Orden en la calle, en el trabajo, en la casa, en el país; vuelve la moral a escena. Si trabajo por un futuro mejor, tanto para mí como para mi comunidad y consecuentemente la sociedad, ¿hasta qué punto se puede ser egoísta y saber que el esfuerzo que se hace es personalísimo, y al final del día te encuentras en tu propio mundo, el cual quisieras que sea exactamente como siempre soñaste?
Camino por las calles de Quito, agarrada de mi cartera por miedo a ser robada, como si parecer asustada no atrajera más, y me encuentro con todo tipo de gente. Veo niños que a veces me piden plata, otras que se podría decir que quieren ganársela porque lavaron el parabrisas, una señora fuera del Palacio de Justicia que, con una sola pierna te dice “[…] doctora, una monedita.”… Y dentro de mí, lo que pienso es en mis futuros honorarios… ¿Qué voy a hacer con la plata que gane cada mes? ¿Me dedicaré a tratarme como ‘me merezco’ por el simple hecho de ser yo (aka. Linda ropa, comida de restaurante, joyas, etc.), ahorrare para posibles viajes, posibles nuevos títulos, o me dedicaré al trabajo social? Sigo con las preguntas: ¿Quiero defender o acusar? ¿Si defiendo, a los indefendibles, a los necesitados o a quienes saben pagar el encargo? ¿Si acuso, por abuso o falta de recursos?; así sigo, paso en frente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, saludo con un gesto de la cabeza a Benjamín Carrión, las preguntas no paran de retumbarme. Me respondo, y entretanto saludo a la señora, generalmente, que me cambia la moneda de cincuenta centavos por dos de veinticinco. Me subo a la Ecovía y muchas veces oigo como señores, generalmente, se paran a lado del chofer, cuentan su historia, y pasan de persona en persona pidiendo “[…] una monedita, un pancito aunque sea.” Yo llego a mi oficina, uno de los mejores estudios jurídicos del país. Gracias y de nada. El trajín de mi viaje no termina, me nacen tantas dudas como horas que tengo para solventarlas.
Tengo que ir a dormir. Mañana lunes trabajo. Las malas noticias seguirán, en la radio de la mañana, la televisión del almuerzo y el Twitter de todo el día. Quizás la cifra de intoxicados siga subiendo, la ONU emita comunicados que, exactamente eso, comunican al mundo que la sequía de África es la peor de la historia, y los partidos de esta semana definirán qué equipo se lleva la corona de la Copa América; se termina mi domingo cuando empieza el lunes. La impotencia continúa, y mis rezos se multiplicarán. Si los milagros existen, le pongo fe a las injusticias.

Texto escrito en agosto de 2011.

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