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Después de tres meses me doy cuenta de algunas cosas. Entre esas que, de verdad, escribir muchas las veces la misma palabra no cambia su significado, no la hace más fuerte ni poderosa. Si las cosquillas continúan, entonces se está yendo por buen camino. Pero, y ¿si no?; si las cosquillas se convirtieron en sonrisas y unos ojos te persiguen por las noches… Si los sentimientos cambiaron, ¿no seguí como debía?
Son 90 días. El Derecho Laboral me dice que en ese tiempo el empleador en efecto puede terminar la relación de dependencia sin ningún tipo de recargo ni obligación. Siguiendo esta misma lógica, si continúo estaría aceptando ciertas condiciones, así como tengo derecho de disfrutar de otros beneficios. Entonces, mi contrato -un convenio en virtud de las partes para hacer o no hacer una actividad en concreto-, supera el tiempo establecido dentro del cual cualquiera de las partes puede desistir. Después de hoy, si se pretende dar por terminado, las consecuencias serán efectivamente mayores.
Lo que empezó como una buena metáfora, ahora me dejó pensando un poco más. En tantos, ¿y si? Eso sabrá el tiempo… Bueno, en realidad, la decisión está en él y en mí.
Seguramente, si mantengo las cosas tal y como están, mi derecho a disfrutar será mayor. Prefiero mantener el riesgo. Es un hecho que esas cosquillas se transformaron. Ahora son mejores, me hacen sonreír y no poder parar; ¡qué bueno!
Tres meses. Comienza, desde hoy, la verdadera cuenta. ¡Qué alegría!
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