22 de noviembre de 2011

Pienso mientras estoy sentada. Miro el reloj y me doy cuenta de que los minutos pasaron, pasan y pasarán, sin importar si yo decido ver hacia otro lugar, o quedarme hipnotizada con los segundos.
La silla es la misma de siempre, la computadora necesitará cargarse eventualmente, la luz del escritorio es la única que me alumbra, y mi saco rosado pretende protegerme del frío de la noche. Me duele el pie. Pero, sobre todas las cosas, siento un peso en la frustración.
No podría definir como ira. Definitivamente no es ‘bronca’ contra alguien. Siento como si estuviera intransigentemente pegando a una bolsa de box imaginaria. Me veo a mi misma en esta tarea sin sentido, pero no soy capaz de controlarme, de parar en seco de una vez, y por todas.
Mañana será otro día. Terminará seguramente como empieza: en la oscuridad. No es un recurso romántico. A esta falta de luz quiero darle el peso de la madrugada, no del existencialismo.
A las 7 de la mañana empezará mi clase de Derecho. Tomaré notas absolutamente organizadas, miraré al profesor y haré lo posible por no imaginarme en el mismo lugar pero recibiendo otra clase… Sobre arte… Una dentro de la cual se me permita aprovechar mi don. Más allá de copiar la ley en un cuaderno de cuadros, que pueda sacar de contexto a esos cuadros y regirme bajo mi propia ley.
Afuera de mi ventana todo está oscuro. A lo lejos hay una luz blanca de alguna propaganda.
Se oye cómo un perro ladra a la distancia; detrás de la puerta está mi familia. Mi papá carraspea mientras, seguramente, lee el periódico. A lado, mi mamá está acurrucada. Los gemelos duermen, soñarán en fútbol, en niñas y en el futuro tan lejano. El Hugo José, podría apostar, se quedó dormido sobre la cubrecama.
Yo recién terminé mi boletín sobre el robo inventado al Banco de Guayaquil. Es algo que me asombra, va más allá del empeño y el esfuerzo, me sale natural. Mi cerebro, mientras escribo, trabaja de una manera única. Se encarga de encontrar las palabras justas. A veces también me sorprendo, realmente puedo hacer que mis manos escriban lo que esa voz dentro de mí dice.
La ley no significa nada para mí. Son palabras sordas, vacías, huecas. El Código Civil me dice que la gente debe regirse por lo que las normas que lo conforman así lo establecen. Pero, luego, me encuentro en un mar de normativa que se contradice. ¿A quién debo creer, si a la final mis ojos no ven más que desorden en la realidas?
Cierto, tengo también la clase de Matemáticas 100. Así como mis manos escriben, no entra en su saber esas distorsiones que se llaman números. Mi mente, numéricamente hablando, está vacía.
Ahora sí me toca hablar con el Esteban, mi novio. Entre el fútbol, los chistes y el cariño, al fin encontré quien no me entienda pero sí me quiera por como soy.
Es un hecho, no se terminar lo que escribo. Talvez espere que ese ‘lector’ ponga el fin. Puede que sea a la mitad, porque se aburrió, o se quede pensando sobre lo que escribí. Si ese es el caso, no hay punto final. Se queda en el imaginario de quien entiende que, para mí, siempre habrá algo nuevo que contar.

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